Vladimir Nabokov: ajedrez con mariposas (3)

Foto: Marc Riboud / Magnum. Tomada de newrepublic.com

Foto: Marc Riboud / Magnum. Tomada de newrepublic.com

El inicio de “los años americanos” fue áspero. Al principio sobrevivían con algunas clases privadas que daba el escritor. Pero recibió la ayuda de la comunidad de judíos rusos en Estados Unidos y de gente como Rajmaninov, quien además del dinero enviado a Europa le regaló un traje para sus clases.

Inició sus colaboraciones en Novy Zhurnal, la revista de los emigrados rusos en Estados Unidos y conoció a quien lo introducirá en el mundo intelectual norteamericano: Edmund Wilson. Gracias a él escribió reseñas y colaboraciones para New Republic, New York Sun, New York Times y Atlantic Monthly. Se desarrollaría así un amistad compleja, por decir lo menos, apasionada y discordante que con el paso de los años se convirtió en abiertos y amargos desacuerdos.

Poco a poco se abrió paso en el mundo académico. En el verano de 1941 fue invitado a dar un curso en Stanford y más adelante a dar clases de literatura rusa moderna y talleres de escritura. En 1943 recibió la beca Guggenheim. Con él se violó la regla de no becar a mayores de 40 años, y lo consiguió gracias a la recomendación de Wilson, quien además le presentó a James Laughlin, que acababa de fundar la editorial New Directions y en donde aparecería la primera novela en inglés de Nabokov, La verdadera vida de Sebastian Knight, en diciembre de 1941, y seis años después Nine Stories, una antología de cuentos.

Pasó los dos primeros veranos en Estados Unidos, junto con Vera, en Vermont cazando mariposas hasta la extenuación. En el otoño y el invierno de 1940 trabajó ad honorem en la sección entomológica del Museo Estadounidense de Historia Natural. Ahí conoció a William Comstock quien le enseñó la técnica para analizar los genitales de las mariposas. Como agradecimiento por su estancia en el museo, donó unas trescientas mariposas raras.

Hacia mediados de la década de los cuarenta ya recibe adelantos del New Yorker, donde trabajaría por años y publicaría Habla, memoria por entregas.

Una alerta cardiaca lo obligó a visitar al médico. Su diagnóstico fue simple: las palpitaciones no eran un peligro, pero si quería librarse de ellas debería dejar de fumar los cuatro paquetes diarios que acostumbraba y que ya le habían costado los dientes superiores. Lo había intentado antes, pero esta vez lo consiguió. Sin nicotina se sentía una piltrafa y tuvo que mantener a raya las ganas de fumar devorando compulsivamente caramelos de melaza. Por supuesto, subió de peso.

En el verano de 1947 recibe la ansiada noticia de una plaza definitiva. Es en la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, hacia donde parte al año siguiente.

Hasta ese momento el escritor daba clases en Wellesley College. De acuerdo con la descripción de Javier Marías en Desde que te vi morir:

[U]na de las escasas universidades exclusivamente femeninas que en el mundo quedan, una reliquia apreciable. Se trata de un lugar idílico, dominado por el hermoso lago Waban y el otoño perenne de sus inmensos árboles cambiantes poblados de ardillas. Aunque hay algunos profesores varones, por el campus no se ven más que mujeres, la mayoría muy jóvenes (alumnae son llamadas) y de familias conservadoras, exigentes y adineradas (también son llamadas princesas).

La vida en Cornell fue buena. Tenía tiempo libre que dedicaba al tenis… y al ajedrez, aunque con poca fortuna. Ahí conoció al filósofo Max Black, un fuerte ajedrecista, ex campeón de la Universidad de Cambridge, y que había derrotado una vez a Arthur Koestler, a su vez campeón de la Universidad de Viena, ¡en cuatro movimientos! (“de chiripa”, decía Black).

El escritor invitó a jugar una partida al filósofo.

Black recuerda que cometió el error de suponer que el autor de La defensa era un jugador muy fuerte, y calculó con mucho cuidado sus movimientos. Nabokov, por su parte, sabía que no era un Gran Maestro: la composición de magníficos problemas no aseguraban las habilidades para una partida viva. Con todo, Nabokov rara vez encontraba a alguien capaz de igualarlo en el juego. Para sorpresa de ambos, Black lo venció con facilidad en apenas quince minutos. El escritor pidió una partida de revancha y perdió casi en el mismo tiempo.

Aunque en la década siguiente vio a Black con frecuencia nunca volvió a invitarlo a jugar.

*

Hasta la aparición de Habla, memoria los libros norteamericanos de Nabokov habían sido fracasos comerciales.

Sin embargo quince años después de haber llegado al país Nabokov era un respetable profesor universitario de literatura rusa y universal. Sus cursos en la Universidad de Cornell sólo eran superados en asistencia de alumnos por los de canciones folk de Peter Seeger. A diferencia de otros cursos de literatura, donde se le pedía a los alumnos no que conocieran las obras sino algo acerca de esos textos y que de preferencia esas opiniones se enmarcaran en “tendencias generales”, “escuelas narrativas y de pensamiento” o “comentarios sociales”, Nabokov, dice Javier Marías, se inclinaba por el que él llamaba “literatura de ideas”.

[S]us lecciones sobre el Ulises de Joyce, La metamorfosis de Kafka, Anna Karenina o Jekyll & Hyde versaban principal y respectivamente sobre el plano exacto de la ciudad de Dublín, el exacto tipo de insecto en que se transformó Gregor Samsa, la exacta disposición de los vagones del tren nocturno Moscú-San Petersburgo hacia 1870 y la visualización exacta de la fachada y el interior de la mansión del doctor Jekyll. Según el profesor, la única manera de hallar placer en la lectura de esas novelas pasaba por tener una idea muy precisa de tales cosas.

En los sesenta empezó el ascenso de Nabokov en el panorama de la literatura norteamericana y universal. Primero fueron sus memorias, luego Pnin, pero Lolita fue su gran éxito. El escritor aparecía en primera plana de The New York Review of Books, su foto estaba en la portada de Time y en las suntuosas páginas de Playboy. La novela permaneció semanas en la lista de los cinco libros más vendidos.

El éxito literario le había permitido renunciar a la Universidad de Cornell, en septiembre de 1959, para volver a Europa, y sólo regresaría a Estados Unidos por muy breves periodos.

La editorial Gallimard le había organizado una fiesta de bienvenida a la que asistieron 2 mil personas y en donde conoció al editor Maurice Girodias, quien había sido el primero en publicar Lolita. Gallimard también organizó un encuentro con Robbe-Grillet, a quien Nabokov consideraba un notable escritor.

Luego fue a Londres para el lanzamiento de Lolita en el hotel Ritz. Pese a estar prohibida en Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, los tribunales ingleses no habían emitido ninguna orden contra la novela. Finalmente se instalaron en el hotel Montreux Palace, en Suiza, donde viviría hasta su muerte.

¿Por qué Suiza? Porque su hijo no estaba lejos, y las mariposas locales ofrecían cambio y continuidad a la vez. ¿Por qué Montreux? Porque es un pueblo pequeño pero cosmopolita, de fácil acceso para los editores que asisten a la Feria del Libro de Frankfurt. “Soy un hombre viejo —decía Nabokov— muy reservado en mis hábitos de vida, un hombre que ha preferido el aislamiento fructífero en Suiza a la estimulante, aunque poco favorable a la concentración, atmósfera de Estados Unidos”. ¿Por qué un hotel? Porque “no me importan mucho los muebles, las mesas, las sillas, las lámparas y esas cosas; quizá porque en mi opulenta infancia me enseñaron a mirar con humor y desprecio todo apego demasiado serio al mundo material, además un hotel eliminaba la molestia de la propiedad privada.”

Luego de instalarse en Suiza pasaba gran parte de su tiempo enviando ejemplares de sus obras a editores extranjeros, traductores, agentes y productores cinematográficos, y atendía a críticos, biógrafos y periodistas de muchos países, además de trabajar para McGraw en traducir su propia obra.

No aceptaba entrevistas no planeadas. “Agitaba el abanico”, decía, y exigía que las preguntas le fueran enviadas con antelación para preparar sus respuestas. “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”, asentó en Habla, memoria.

También recibía invitaciones curiosas como cuando le propusieron participar en una antología de piezas pornográficas anónimas escritas por autores de renombre, que rechazó.

Éste era su entorno íntimo:

Vivimos en una serie de habitaciones minúsculas, con dos cuartos de baño y medio, el resultado de dos apartamentos que hace poco se han unido. La secuencia es: cocina, salón, comedor, la habitación de mi esposa, mi habitación, una antigua kitchenette ahora repleta de papeles y la antigua habitación de nuestro hijo, transformada ahora en estudio… El apartamento está abarrotado de libros, carpetas y archivadores.

La rutina Nabokov consistía en despertar a las siete. Luego de un rato más en cama se afeitaba a las ocho, desayunaba y se daba un baño. Trabajaba hasta las 6 de la tarde, y salía a buscar la prensa inglesa y revistas norteamericanas que compraba en tres puestos distintos. Rara vez trabajaba por la noche. Por lo general se sentaba con Vera a disfrutar del crepúsculo o a jugar una partida de ajedrez. Iba a la cama hacia las nueve y leía varios libros a la vez: libros viejos, nuevos, de narrativa (nunca novelas de misterio o históricas), ensayo, poesía… Apagaba la luz a las once y media “y luego luchaba contra el insomnio hasta la una de la mañana”.

En esos días también se ocupaba de la adaptación cinematográfica de Lolita que realizaba Stanley Kubrick —otro apasionado del ajedrez. En ese momento se estaba escribiendo del guión y definiendo el elenco —Laurence Olivier, David Niven y Marlon Brando se disputaban el papel de Humbert.

En marzo de 1960 viajó a Estados Unidos para encontrarse con Kubrick, ultimar detalles del rodaje y conocer el ambiente de Hollywood. “El guión se transformó en poesía —escribió—, lo cual era mi propósito inicial”. Pero los conocimientos cinematográficos de Nabokov eran escasos y el guión no satisfizo al director, quien le dijo que era demasiado rígido, con episodios innecesarios y que con ese guión la cinta duraría siete horas.

El escritor no entendía lo esencial del trabajo cinematográfico. Si él hubiese sido el director:

habría defendido y aplicado un sistema de tiranía absoluta, habría dirigido la película yo mismo, elegido los decorados y los trajes, aterrorizado a los actores, me habría mezclado con ellos en el papel secundario de invitado, o de fantasma… en una palabra, habría invadido todo el espectáculo con la voluntad y el arte de un individuo, pues no hay en el mundo cosa que deteste más que el trabajo en equipo, ese baño comunal donde lo espeluznante y lo resbaladizo se mezclan en una multiplicación de la mediocridad.

Su versión era poco precisa —decía Kubrick— y con frecuencia, por extraño que pueda parecer, pedestre. “Nabokov no sólo intentó adaptar para la pantalla un alto porcentaje de la novela; trató de explicar de un modo muy pesado lo que en la novela había sido capaz de sugerir rápida y limpiamente”. Así que Kubrick reescribió el guión dos o tres veces.

Donde no hubo muchas dudas fue en la elección de la actriz. El escritor y el cineasta vieron cerca de 800 fotografías de aspirantes a Lolitas, pero cuando el narrador vio la foto de Sue Lyon dijo: “Basta de dudas: ésta es Lolita”.

La película se estrenó el 13 de junio de 1962. Nabokov se decepcionó, pero no lo demostró delante del director: “Kubrick era un gran director, su Lolita es una película de primera categoría, con actores magníficos, aunque sólo había utilizado retales de mi guión”.

A la pregunta ¿cómo se atrevieron a hacer de Lolita una cinta? Los críticos respondieron: “No lo hicieron”. El público pensó lo mismo, y al cabo de las primeras semanas las recaudaciones cayeron en picada. Años más tarde Kubrick confesó que de haber sabido lo severo de la censura nunca hubiera hecho la película. También asumió su responsabilidad por el fracaso, y lo atribuyó a que el libro era demasiado bueno para prestarse a una adaptación cinematográfica. Los comentarios inéditos de Nabokov lo resumen todo: “una encantadora visión borrosa a través de una tela mosquitera” o, con menos delicadeza, “la panorámica percibida por el pasajero horizontal de una ambulancia”.

La gestación y publicación de la novela habían sido asaz complicadas y sinuosas. Viking Press, la calificó de “brillante” pero declinó por las posibles consecuencias legales; para Simon & Schuster, la obra era “sólo pornografía”; New Directions y Doubleday consideraron la posibilidad pero al final vieron riesgos muy grandes, y Farrar & Straus la rechazó pero aconsejó a Nabokov que no la firmase con pseudónimo pues reduciría las posibilidades del libro en los tribunales.

Fue Doussia Ergaz, amiga de Nabokov y su traductora al francés, quien le mostró el manuscrito de Lolita a Maurice Girodias, fundador y propietario de la editorial parisina Olympia Press, e hijo de Jack Kahane, quien en los años treinta había publicado los Trópicos de Henry Miller. Maurice siguió con el negocio y tres cuartas partes de su catálogo eran pornografía pura y dura, aunque también contaba con autores como Samuel Beckett, Henry Miller, Lawrence Durrell y Williams Burroughs.

Yo no sabía nada —escribe Nabokov— de las novelitas obscenas que el señor Girodias montaba con la ayuda de escritorzuelos, como él mismo cuenta en alguna parte. He ponderado la dolorosa cuestión de si habría aceptado tan alegremente que Girodias publicase Lolita si en mayo de 1955 hubiera sabido qué libros formaban la ágil columna vertebral de su producción. Por desgracia, es probable que hubiese aceptado, aunque no tan alegremente.

En octubre de 1955 recibió dos volúmenes en rústica en la colección Olympia Travellers’s Companion. “Eran atractivos y elegantes, pero estaban repletos de errores tipográficos” y con el copyright para el escritor y para Olympia Press, lo que provocaría largos años de disputas legales.

Aunque hubo momentos en los que sintió temor por las consecuencias laborales de la publicación de Olympia Press (¿quién querría que su hija tomara clases con un pornógrafo?), el peligro pasó rápido. A finales de primavera de 1957 el decano de Letras en Berkeley lo había llamado para que fuera a la Universidad de California como profesor invitado, y en las librerías de todos los Estados Unidos no tardaron en vender subrepticiamente ejemplares de la edición de Olympia Press; en los tres principales mercados editoriales de Europa, tres importantes editoriales —Rowohlt en Alemania, Gallimard en Francia y Mondadori en Italia— habían comprado los derechos de Lolita y publicado varias obras de Nabokov.

Finalmente, en agosto de 1958 Putnam’s publicó la novela en Estados Unidos. El día de lanzamiento el editor le escribió a Nabokov: “Esta mañana le dije en telegrama que había más de 300 nuevos pedidos el día de la publicación. ¡Ahora son las tres de la tarde y ya hay más de mil! Y el número 1 000 aparece tachado y debajo la cifra 1 300, y luego… Más de 2 600 pedidos nuevos hoy, la mayoría de NY, pero comienzan a llegar de fuera también…”.

Luego de la publicidad en el New York Times, en cuatro días ya se habían agotado 65 mil ejemplares. La prensa asentó que desde Lo que el viento se llevó, Lolita era el primer libro en vender 100 mil ejemplares en tres semanas. Al mes siguiente estaba en el primer lugar de los libros más vendidos y coincidió con que en el cuarto puesto se ubicaba la novela de Boris Pasternak Doctor Zhivago, con la que durante algunas semanas se disputó los primeros lugares en ventas.

Harris Kubrick Pictures le ofreció 150 mil dólares por los derechos cinematográficos de la novela, y a mediados de noviembre se firmó el contrato para rodar la cinta.

En la novela y en el filme hay varias referencias al ajedrez. En la novela, Humbert y Gaston juegan dos o tres veces por semana y relacionan a Lolita con la dama en el juego. En la película se ve a Humbert (James Mason) jugando una partida con Charlotte Haze (Shelley Winters).

Groucho Marx dijo con su habitual sabiduría: “He aplazado seis años la lectura, hasta que Lolita tenga dieciocho”.

 

BIBLIOGRAFÍA

Boyd, Brian, Los años rusos, Anagrama, Barcelona, 1992.
————-, Los años americanos, Anagrama, Barcelona, 1994.
Hesse, Christian, “Nabokov: poems and problems”, Chessbase.com, consultado el 30 de noviembre de 2015.
Marías, Javier, Desde que te vi morir. Nabokov una superstición, Alfaguara, Madrid, 1999.
Nabokov, Vladimir, La defensa, Anagrama, Barcelona, 1990.
————-, Habla memoria, Anagrama, Barcelona, 1991.
————-, Opiniones contundentes, Taurus, Madrid, 1999.
Bill Wall, “Nabokov and chess”, chess.com, consultado en noviembre de 2015.

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