Vladimir Nabokov: ajedrez con mariposas (1)

Vladimir Nabokov
Vladimir Nabokov

Foto: http://nabokovlolita.tumblr.com/

Un día después de cumplir 77 años Vladimir Nabokov escribió en su diario: “A la una de la mañana desperté de un breve sueño con una terrible angustia, de esas que parecen decir ‘ahora sí’. Grité con discreción, esperando despertar a Vera, que dormía en la habitación de al lado, cosa que no conseguí”.

Una caída que lo llevó al hospital por varios días aceleró el deterioro de la salud del escritor; poco después víctima de una infección fue hospitalizado durante tres meses. Luego, una gripe se convirtió en neumonía que requirió de cuidados especializados durante siete semanas.

Vera, su esposa, estaba con él aunque también padecía de algunos males. Lo acompañan su hijo Dmitri y su hermana Elena, con quien durante alguna convalecencia juega partidas de scrabble en ruso que ella se deja ganar. De todas formas, el imbatible mago del idioma ruso a veces perdía por 200 puntos.

Su hijo advirtió el cambio de actitud de los médicos y anotó: “el final fue rápido: una corriente de aire entró casualmente por la puerta y por una ventana que había dejado abierta una criada imprudente que no paraba de estornudar”. A finales de junio entró a cuidados intensivos y el 2 de julio de 1977 sufrió un paro cardiaco definitivo.

La tumba de Nabokov es una sencilla y ancha losa de mármol azul marino con una breve inscripción: “Vladimir Nabokov, écrivain, 1899-1977”. La ciudad de Montreux erigió un monumento en su honor, y la hoy extinta URSS lo “rehabilitó” provisionalmente en 1986. En 1988 los lectores soviéticos tenían acceso a toda su obra, se le llegó a considerar una gloria nacional e incluso se hablaba de él como “el escritor de la perestroika”.

La década de los setenta marcó el declive del prestigio de Nabokov. McGraw Hill —editorial con la que había firmado un contrato para entregar seis libros en cuatro años— había dejado de promocionar sus obras pues producían cada vez menos beneficios, y los departamentos de literatura en las universidades no veían ningún atractivo en los últimos textos del escritor. Soplaban otros vientos: ahora el feminismo y la novela latinoamericana acaparaban la atención de los lectores.

Tal vez la primera señal de que algo llegaba a su fin fue cierta tregua en el insomnio:

Por primera vez en años (¿desde 1955?, ¿desde 1960?) dormí esta noche una seis horas seguidas (de 12 a 6). Normalmente duermo (sin mencionar mis insomnios periódicos) incluso con la ayuda de pastillas más o menos potentes, en periodos de 3 + 2 + 1, o en el mejor de los casos, 4 + 2 + 2, o lo que es peor y más frecuente, 2 + 1 +1 +2 + 1, con intervalos de desesperadas idas y venidas al lavabo a orinar, por culpa de los nervios.

A principios de 1977 había redactado su testamento y reunido entrevistas, cartas y algunos otros escritos en lo que se conocería más tarde como Opiniones contundentes, y empezarían los problemas con su biógrafo Andrew Field. Cuando éste le entregó el manuscrito de Nabokov: his life in art pensaba que estaba preparado para lo peor, pero lo que encontró superó con mucho su desconfianza. Anotó en su diario: “He corregido 285 páginas de las 680 de la obra de Field. La cantidad de errores absurdos, afirmaciones imposibles, vulgaridad e invenciones es horrorosa.” Y le escribió a su biógrafo: “Me pregunto qué extraño ‘bloqueo’ le impidió a usted sencillamente consultarme en cientos de casos en los que mi esposa y yo habríamos podido ayudarle.”

La biografía de Field apareció finalmente semanas antes de la muerte de Nabokov, y los errores seguían ahí. El comentario de Clarence Brown, en Trenton Times, es emblemático: “No sólo es un vasto compendio de errores, sino una obra tan nauseabunda, afectada y presuntuosa, que sólo puede tener cierto morboso atractivo para aquellos fascinados por la patología literaria y erudita”.

En julio de 1976, en una de sus incursiones para cazar mariposas, cayó por una pendiente pero logró incorporarse sólo para volver a caer. Pasó por ahí un autobús, cuyo chofer al ver que Nabokov sólo reía por lo incómodo de su situación, pensó que no era nada grave. Pero cuando regresaba vio que el escritor seguía tirado y llamó a una ambulancia. El autor de Lolita tuvo que pasar algunos días en cama.

Tal vez el incidente no tuviera importancia para el escritor, pues como había escrito en sus memorias:

Todo el mundo ha escuchado el gemido del campeón de tenis tras haber fallado un golpe fácil. Todo el mundo ha visto el rostro del mundialmente famoso maestro Wilhelm Edmundson cuando, durante una exhibición de partidas simultáneas celebrada en un café de Minsk, perdió su torre, por un absurdo descuido, ante un aficionado local, el pediatra Schach, que finalmente le ganó. Pero no hubo nadie aquel día (excepto yo mismo) que pudiera verme sacudir el cazamariposas para hacer saltar la ramita que era su único contenido, y quedarme mirando pasmado el agujero de la tarlatana.

*

El final de la década de los sesenta y principios de la siguiente fueron los más fructíferos en lo referente al ajedrez. Nuestro autor se había suscrito a la revista The Problemist y calificaba los problemas de cada número: “muy malo”, “difícil pero burdo”, “aburrido”, “cocinado y recocinado”.

Pero los problemas que él enviaba obtenían buenas opiniones de los suscriptores que los calificaban como no especialmente difíciles pero ingeniosos y excepcionales.

En 1970 lo invitaron a participar en el equipo norteamericano de problemas de ajedrez, pero declinó la oferta por su aversión a pertenecer a grupos y asociaciones. En la única organización que participó fue en la Sociedad de Lepidopterólogos de Cambridge.

Compuso Poems and problems —por el que Boris Spassky tenía especial predilección— en donde reunió 39 poemas rusos presentados con la traducción al inglés; catorce poemas en inglés que había publicado en una plaquette en 1959, y 18 problemas de ajedrez concebidos, salvo dos, en 1965 o a partir de ese año.

Por último está el ajedrez. Me niego a disculparme por haberlo incluido. Los problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas virtudes que caracterizan a todo arte digno de este nombre: originalidad, inventiva, concisión, armonía, complejidad y una maravillosa falta de sinceridad… Los problemas son la poesía del ajedrez.

Debería quedar claro que en los problemas de ajedrez la batalla no se libra entre blancas y negras sino entre el compositor y el hipotético solucionista (del mismo modo que en la narrativa de primera categoría el verdadero duelo no es el que libran entre sí los personajes sino el que enfrenta al autor con el mundo), de modo que gran parte de la valía del problema radica en el número de “probaturas”: aperturas engañosas, pistas falsas, especiosas posibilidades de juego, astuta y cariñosamente preparadas para despistar a quien intente resolverlo.

Entre los 18 problemas figuraba “mi invento más divertido, en el que las blancas retiran su última jugada y dan mate, que dediqué a E. A. Znosko-Borovski, quien lo publicó en los años treinta (¿1934?) en el diario de emigrados Poslednie Novosti de París.”

Las blancas retiran su última jugada y dan mate.

Veamos lo que no está en el tablero. Un peón blanco en d7 ha capturado un caballo negro en c8, promocionando una torre. Ahora las blancas retiran esa jugada y capturan con el peón de d7 la torre negra de e8, promocionando un caballo que da mate.

“Hay algo suavemente mágico —escribe— en la transformación retrospectiva de la torre blanca en un caballo negro, y de la torre negra en un caballo blanco, conservando sin embargo la simetría (y el dominio de la casilla c7 por parte de las blancas).”

Ésta es otra de sus composiciones favoritas. Las blancas dan mate en tres movimientos.

1. Rf7. Las negras están casi en zugzwang: si 1… T×h4; 2.R×f6, Th6+ (si 2… Txh2, 3. Axe3#); 3.D×h6#; si 1… R×f5; 2.C×e3+, Rf4; 3.Df2#; si 1… cualquiera, 2.Re6; cualquiera, 3. A×e3#. A 1.C×e3 se responde ¡1. … T×h4; 2.D×h4, h5!

La gracia de este problema (Montreux, 10 de abril de 1965; publicado en The Sunday Times, Londres, 29 de diciembre de 1968) “consiste en que la torre negra despeja el camino del mate al capturar una molesta pequeñez blanca; obligada posteriormente a regresar a su casilla inicial, puede ser capturada dando mate. Éste es el ‘tema Nabokov’, según dicen”.

Me gusta el ajedrez —dijo en una entrevista con la BBC—, pero el engaño en el ajedrez, como en el arte, es sólo parte del juego; es parte de la combinación, de las deliciosas posibilidades, ilusiones, perspectivas del pensamiento que pueden ser falsas perspectivas, tal vez. Creo que una buena combinación siempre debe incluir cierto elemento de engaño.

En casi todas las entrevistas que concedía la preguntaban acerca del juego. Así lo hizo Bernard Pivot cuando invitó al escritor a su célebre programa de televisión Apostrophes, en mayo de 1975.

Yo era un buen jugador de ajedrez. No un GM, pero capaz de tender una trampa a un campeón aturdido.

Lo que siempre me ha gustado del ajedrez son las trampas, las celadas. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido al mismo tiempo brillante y oscuro de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados “suicidas” en los que las blancas obligan a ganar a las negras.

Sí, Fischer es un ser extraño, pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no sea normal. El gran Rubinstein, a principios de siglo, del manicomio donde solía vivir una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café donde se desarrollaba el torneo y después lo devolvía a su casilla negra. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía más allá del tablero todavía le irritaba más. Entonces ponían un espejo y él veía su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein.

Fisher no es un caso de psicoanálisis. Es un gran jugador que tiene pequeñas manías.

*

Vladimir Vladimiróvich Nabokov nació en una familia de la aristocracia rusa el 10 de abril (el 22, en el viejo calendario gregoriano) de 1899, vivió todos sus años rusos en San Petersburgo y nunca conoció Moscú. Su más remoto antepasado era un príncipe tártaro rusificado, Nabok Murza. Tanto en la familia paterna como la materna había condes, marqueses, políticos y militares.

Desde el siglo xviii la familia pertenecía a la dvoryanstvo una clase cortesana que abarcaba desde la clase media rural más empobrecida hasta la aristocracia con título y propietaria de tierras.

De la influencia de la familia se pueden poner muchos ejemplos, pero el del abuelo paterno que interviene para liberar a Fedor Dostoyevski, acusado de pertenecer a un grupo antizarista, es uno de los más destacados.

San Petersburgo era la “ventana a Occidente” y a principios del siglo xix la ciudad era tan claramente europea, que hasta los rótulos de sus comercios aparecían en alemán, francés, inglés y ruso.

Pese a la dureza del régimen zarista en aquellos años el país experimentaba transformaciones definitivas: la emancipación de los siervos, la reforma judicial para equipararse con el sistema europeo de jueces, tribunales y jurados y, por supuesto, la creciente actividad política de los grupos opositores al zarismo.

El padre de Nabokov fue el fundador de uno de esos grupos, el Partido Libertad del Pueblo. Abogado liberal, antizarista, miembro de la redacción de la revista Pravo, se oponía a las políticas antisemitas del zarismo, logró momentáneamente la abolición de la pena de muerte y durante un arresto masivo se negó a abandonar la prisión hasta que lo hicieran todos sus compañeros. Luego, en la revolución de 1905, formó parte del gobierno, dio clases de derecho y colaboró en diversos periódicos y revistas, llegó a la Duma y dirigió el periódico de su partido.

Vladimir fue un niño precoz. Aprendió a hablar inglés antes que ruso y cuando llegó a la escuela ya practicaba boxeo y lucha. “Fui un niño muy deseado —escribe— y mimado en el extremo excelente”.

Aunque no está registrado en sus memorias ni sus biógrafos lo mencionan en ningún lado, fue en la temprana infancia cuando aprende ajedrez. También cuando surge su afición por las mariposas —ésta sí documentada por él mismo—, dos pasiones que le acompañarán toda su vida

En la infancia también adquirió el gusto por la literatura, aunque él mismo y casi toda su familia pensaban que se dedicaría a la pintura, pues sus primeros ejercicios parecían prometedores. Recibió clases durante algunos años pero aunque poseía imaginación de pintor, carecía de la técnica necesaria para expresarla. Uno de sus maestros le dijo: “Fuiste el alumno más imposible que jamás haya tenido”.

En esta etapa también empiezan los sufrimientos: los dentistas, serían su pesadilla, y también llega el insomnio, tan precoz como él.

Años después anotaría en Habla, memoria:

Toda mi vida me ha costado mucho ir a acostarme. Esos pasajeros de los trenes que dejan a un lado el periódico, cruzan sus estúpidos brazos, e inmediatamente, con su actitud de ofensiva familiaridad, empiezan a roncar, me dejan perplejo como el tipo desinhibido que defeca cómodamente en presencia de cualquier parlanchín usuario de la bañera, o que participa en grandes manifestaciones o que ingresa a algún sindicato con intención de disolverse en él. El sueño es la más imbécil de todas las fraternidades humanas […] Por muy agotado que me encuentre, el dolor que siento al despedirme de la conciencia me parece indeciblemente repulsivo.

Nabokov amaba apasionadamente a su familia, pero la posición social le tenía sin cuidado, aunque al escribir rechazaba toda demostración de humildad social. Sin embargo, la relación con su hermano —quien moriría años después en un campo de concentración nazi— era distante. “Ni siquiera había amistad entre nosotros y… con una sensación extraña me doy cuenta de que podría describir detalladamente toda mi juventud sin recordarle una sola vez”.

A los catorce o quince años, Vladimir, todavía capaz de disfrutar con la literatura para niños, también había leído o releído todo Tolstoi en ruso, todo Shakespeare en inglés y todo Flaubert en francés.

El gran problema en la escuela fue su procedencia social: simplemente no encajaba, al menos a ojos de los maestros. Para Nabokov la escuela fue una separación no deseada de un hogar que amaba y que siempre le había proporcionado educación e independencia con preceptores e institutrices.

Odiaba la comida de la escuela, el igualitarismo y se negaba a tomar el tranvía cuando su padre le había puesto un chofer que lo llevara en el coche de la familia. Un maestro le sugirió que:

lo mínimo que podía hacer era pedir que el automóvil parase a dos o tres calles del colegio, para que mis compañeros pudieran librarse de la imagen de aquel chofer con librea que se quitaba el sombrero para despedirme. Era como si la escuela hubiese decidido autorizarme a rondar por allí con una rata muerta cogida por la cola, pero con la condición de que no la balanceara bajo las narices de los demás.

La inspiración poética llegó también en la infancia. Para ser precisos en una tarde de lluvia de 1914, en la casa de campo familiar. El joven ve un arcoíris, y años después anota en Habla, memoria:

Un momento después comenzó mi primer poema. ¿Qué fue lo que lo disparó? Creo que lo sé. Sin que soplara la menor brisa, el puro peso de una gota de lluvia, brillando con parasitario lujo sobre una hoja cordiforme, hizo que su punto se inclinara, y lo que parecía un glóbulo de mercurio llevó a cabo un repentino glisado por la vena central, y luego, tras haber descargado su luminosa carga la aliviada hoja se enderezó.

En 1916 hereda una fortuna, su tío Ruska le deja el equivalente a dos millones de dólares, una finca campestre con una mansión de blancas columnas y 800 hectáreas de bosques.

Nabokov era un individualista y no estaba dispuesto a permitir que nada afectase su libertad. Pero la revolución bolchevique y descubrir hasta qué punto el mundo de la política podía obstaculizar la libertad personal cambiaría esa actitud. Como ruso exiliado en Norteamérica “intentaría que un público más amplio comprendiera que no fue Stalin quien enterró a Lenin y a la supuesta libertad que éste trajo, sino que fue Lenin quien aplastó la libertad que Rusia ya había conquistado para sí misma en febrero de 1917”.

Mi antigua querella con la dictadura soviética —escribe en Habla, memoria— no tiene relación alguna con asuntos de propiedad. Mi desprecio para la emigré que “odia a los rojos” porque le “robaron” su dinero y sus tierras no puede ser más absoluto. La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida.

En 1918 aparece su segundo poemario, Dva putí (Dos sendas), pero Nabokov ya no vivía en San Petersburgo, sino la primera parte de su exilio en Crimea.

 

(…continuará)

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