¿Niños prodigio en ajedrez?

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Si un tema es apasionante es el misterio que envuelve la existencia de los niños prodigio. ¿Cómo es que un pequeño, muchas veces sin conocimientos previos de un tema, puede de pronto mostrar una habilidad inusual en algún arte como la música, la pintura, el ajedrez o las matemáticas? ¿Cómo podemos explicar la existencia de un niño de cuatro años, como Capablanca, que de ver jugar a su papá ajedrez, pudo discernir no sólo el movimiento de las piezas sino además, saber dónde están mejor colocadas? ¿O cómo podríamos explicar a Pomar, exniño prodigio español, o a Sammy Reshevsky, quien con menos de 8 años daba simultáneas a sesudos y solemnes adultos a los que vencía con una facilidad supina?

Sin duda es un misterio difícil de entender, pero es claro que algunos ajedrecistas nacen con este talento especial el cual nos muestran un tipo de inteligencia con el cual se nace y que por alguna razón, poca gente puede siquiera igualar y desde luego, no puede explicar. Y si hablo de esto es porque en nuestro medio, no sólo el mexicano, sino el latinoamericano, de pronto el ajedrez ha cobrado interés en algunos nichos de la sociedad y empezamos a ver chiquillos a los que les interesa el juego ciencia. Para bien de ellos, hay olimpiadas nacionales donde juegan en categorías sub 10, sub 12, sub 14, etcétera. Y eso sin duda puede despertar más el interés de estos niños. Si juegan más, si compiten más, se les puede inducir la idea de las competencias y estas pueden ser el detonante para tener buenos ajedrecistas y en algún caso hasta uno que otro niño prodigio aunque claro está, no se trata de ello.

El problema es que en estas competencias a los ganadores no se les dan estímulos de acuerdo al nivel de la competencia. De pronto la Federación nacional y no sólo la mexicana, decide que los tres primeros lugares de cada categoría podrán ir al festival X o Y de Latinoamérica de ajedrez. Muchas veces las federaciones ni siquiera tienen el dinero para costear estos viajes, pero a cambio de esto dan su “aval”, como si éste pagara pasajes, estadías y alimentos en quién sabe qué país latinoamericano. Entonces los padres tienen que pagar los viáticos no sólo de sus “estrellas ajedrecísticas”, sino también de algún acompañante. Y los padres a veces tienen que hacer fuertes gastos económicos para apoyar las verdaderamente incipientes carreras de estos ajedrecistas en ciernes.

Y si hablo de esto es porque me entero que en un país del cono sur de América un chiquillo no sé si de diez o doce años, está pidiendo apoyo económico para ir a un torneo en Bolivia. Es sí, el campeoncito de su país en su categoría pero ¿saben? Tiene solamente 1300 puntos de rating, es decir, es apenas un principiante. Hablando con un colega ajedrecista, Maestro FIDE de ese país donde vive el futuro maestrito, le digo que me parece que es ridículo mandar a un principiante literalmente. Me indica que es el campeón de su categoría y es lo que hay. No hay mucho más que decir al respecto. Cada quien saque sus propias conclusiones. Yo simplemente pienso que no es una buena idea mandar a nadie a la guerra sin fusil. Sería más interesante, en vez de gastarse miles de pesos en mandar a un chiquillo a que padezca feas derrotas ante jugadores de su edad que probablemente tienen más rating, más entrenamiento, pues, utilizar este dinero en por ejemplo, conseguirle un entrenador que le indiqué qué estudiar.

No se vale pues jugar con la vanidad de los padres haciéndoles creer que sus niños son prodigios del tablero de ajedrez. Eso se da una vez en miles de jugadores y un prodigio es una excepción y no una regla. Ojalá alguien tuviese alguna vez el criterio adecuado para no cometer estos errores, producto en muchos sentidos de la ignorancia y la vanidad de los padres. Eso le haría mucho bien a todos. Los niños podrían entonces trabajar con profesionales del ajedrez y entonces sí, cuando tengan las credenciales en fuerza ajedrecística, enviarlos a foguearse a competencias internacionales.

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