¿Los hombres no lloran?

Cuando uno empieza por el camino del ajedrez, los progresos iniciales siempre son enormes, puesto que se aprende rápido y además, se juega casi siempre con jugadores que saben menos aún que quienes han decidido estudiar un poco de ajedrez. Con el tiempo, estos pequeños y jóvenes, comienzan a jugar en torneos y a sentir el rigor de los más experimentados (o más fuertes que ellos). No falta quien sufre tanto con la derrota que llora al terminar la partida. Asunto común en muchos pequeñines, pero que nunca es agradable, tanto para el que pierde como para el que está como verdugo del niño.

Uno pensaría que esta acción de llorar de dolor por perder un encuentro de ajedrez sólo ocurre cuando el jugador es poco experimentado o simplemente un niño. Sin embargo, en 1994, en una entrevista a Kaspárov y Kárpov, en plena olimpiada de ajedrez, llevada a cabo en Moscú, se les preguntó si alguna vez habían llorado al perder una partida cuando eran niños. Para sorpresa de todos, Kaspárov contestó: “no solamente en mi niñez”. El ajedrez es, por supuesto, un juego muy emocional. Se invierten muchas horas en algunas partidas tratando de ir sacando ventaja poco a poco para que de pronto, por una imprecisión propia, el rival no sólo iguale, sino que además, gane la partida. Así que el sentimiento de frustración puede llegar incluso a las lágrimas.

Boris Spassky, cuando ya contaba con 21 años, en una partida que jugó con Tahl, en el décimo quinto campeonato de la URSS, en 1958, dejó totalmente perdido al mago de Riga, pero no concluyó con precisión y Tahl se sobrepuso y ganó el encuentro. Al terminar la partida se le vio a Spassky llorar. Lo que le dolía más era –dijo más tarde el ruso con los ojos llorosos– saberse en posición ganadora y haberla echado a perder.

No es de sorprenderse entonces la respuesta de Kárpov, en donde aclaró que la última vez que lloró por culpa del ajedrez fue cuando el excampeón del mundo perdió una partida en posición superior, en 1961. Y Kaspárov dijo que le pasó lo mismo en una partida contra Vassily Smyslov, en 1975, cuando llevaba un peón de más, en el match entre jóvenes pioneros y grandes maestros veteranos, llevado a cabo en Leningrado. “Rompí en llanto”, declaró Kaspárov, “pero no lo he vuelto a hacer desde entonces”.

Las emociones pueden ser un espantoso enemigo para el jugador de torneo. El GM Lev Polugaevsky llevaba un ritual muy específico para lidiar con este problema: Se sentaba en un mullido sillón a escuchar música, cerraba los ojos y se decía: “Hoy llevo blancas. No hay que decepcionarse si no obtengo ventaja en la apertura”. Pero al contrario de Polugaevsky, las emociones son un factor fundamental para la fuerza del GM Víctor Korchnoi. Para jugar, el GM –ahora suizo– imagina que su siguiente rival le ha robado 100 dólares. Y eso lo enfurece (como a cualquiera que le roben dinero).

Para muchos de nosotros saber de esto puede verdaderamente sorprendernos, pero curiosamente no debería ser así. Siendo el ajedrez un juego de enormes pasiones, es evidente que los jugadores más emocionales serán los primeros en reflejar sus derrotas de las maneras más extrañas. Unos se enojan consigo mismos y hacen partícipe a todos de la furia que los acompaña. Otros quedan silenciosos y sin nada que decir. Unos más reflejan su tristeza a través de señales del cuerpo, como por ejemplo, se les hincha la cara o se les pone las orejas rojas. Pero claramente demuestra el fluir de emociones extremas dentro del juego. No es ni siquiera jocoso decir algo que todos sabemos, pero que nos cuesta reconocer: “el ajedrez es un deporte extremo”.

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